El regadío apenas ocupa 3,3 millones de hectáreas, un 15% de la superficie total cultivada de nuestro país, y consume un 80% de nuestros recursos hídricos. Si bien el riego de los cultivos puede aumentar la producción en las explotaciones, en muchas ocasiones sólo sirve para producir excedentes que no tienen salida en el mercado. En otras, el agua se destina a regar cultivos típicos de secano, como viñedo y olivar, convirtiéndoles en grandes consumidores de recursos hídricos.
En otras ocasiones, el regadío conlleva impactos irrecuperables sobre el medio. Los más de 500.000 pozos ilegales, empleados en gran parte para riego, el agotamiento de ríos y acuíferos por sobreexplotación y la desaparición de más del 60% de la superficie de humedales de importancia internacional, como el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel, hacen necesaria una ordenación del sector. Esto, unido a la proliferación de monocultivos o a la roturación de bosques para instalación de invernaderos, tiene efectos directos sobre la biodiversidad, afectando a especies y espacios tan emblemáticos como el lince ibérico o el Parque Nacional de Doñana.